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«El mejor de los ceniceros» (cuento de verano)

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El macho ibérico da la última calada a su cigarrillo y, de forma automática, la entierra en la arena de la playa. Ni siquiera se ha molestado en echar un vistazo a su alrededor, buscando alguna papelera; ¿para qué, si tiene el culo puesto sobre un kilométrico cenicero? Y acto seguido se repantinga bien en su toalla, procurando que con la postura sus atributos sexuales destaquen lo suficiente, que hay cerca tumbadas una nenas que…

En ese instante, aparece a su lado una luz muy brillante. En cuanto se desvanece, el macho ibérico descubre la presencia de un hombre con cuerpo atlético, cara de niño y pelo canoso. Soy el fantasma de las vacaciones pasadas, presentes y futuras, le dice, y vengo a ajustarte las cuentas por guarro y por cabrón. Dicho esto, el forzudo agarra al fumador, le da la vuelta en la toalla para colocarlo a cuatro patas, le desgarra el bañador marcapaquete y, tras encender un cigarro de su propia cajetilla, se lo introduce por el esfínter añal sin mediar más explicación. El siseo del pitillo al extinguirse en las íntimas humedades del macho ibérico es seguido de un grito desgarrador. Sin embargo, nadie en la playa repara en él, nadie se presta a ayudarle. Anda, pero si la cajetilla estaba casi enterita, dice el fantasma; pues nada, nada, vamos a terminarla. Uno tras otro, los cigarrillos son encendidos y apagados de idéntica manera, mientras el macho ibérico no para de berrear como un cerdo en plena matanza.

Terminada la reserva cigarrera, el espectro se incorpora, se sacude las manos y desaparece como llegó, no sin antes advertirle que, como tenga que volver a ocuparse de él, lo hará con habanos de los gordos.

Mamá, mamá, mira qué señor tan raro, ¿por qué esta con el culo al aire?, pregunta un niño mientras señala al macho ibérico que, aún a cuatro patas y sin atreverse a pestañear siquiera, deja rodar por su mejilla una lagrimita.

«Sirenas»

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Escucho una sirena al otro lado de la ventana. Parece una ambulancia. Sentado en mi oficina, atareado en la monotonía de mis papeles y carpetas, estoy oyendo el sonido de la desgracia de otra persona, alguien que quizá pelee por su vida dentro de ese vehículo camino de un hospital. ¿Llegará a tiempo?, ¿conseguirá recibir la ayuda imprescindible antes de que sea demasiado tarde? Nunca lo sabré.

Suena el teléfono: es mi mujer, que de repente, no sabe por qué, ha sentido la necesidad de preguntarme si yo estoy bien.

29/07/2009 14:40 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes suburbanos VIII: «Oraciones»

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Un vagón del metro. Primera hora de la tarde. Viajeros adormilados con la cabeza apoyada en alguna barra. Un chico juega con su videoconsola portátil; un señor maduro le imita. Una mujer escucha música de su reproductor de mp3. Alguien lee un libro de moda; otro hojea un periódico gratuito.

Y una señora reza.

Con los ojos cerrados, los brazos apoyados en el regazo y un pequeño rosario entre los dedos, musita muy quedo una oración. En aquel tren, en ese túnel, mucho más cerca de los dominios del maligno que del reino de los cielos, trata de elevar su letanía más allá de nuestra cotidianidad.

En mis oídos, Springsteen desgrana su Long Walk Home. Y yo, con los brazos apoyados en el regazo, un pequeño aparato de mp3 entre los dedos, musito muy quedo la letra de esa canción.

«Especulaciones»

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¿En qué piensa la prostituta mientras espera al próximo cliente? Parada en la calle, muy corta la falda y demasiado abierto el escote, su piel juvenil exhibida para el comercio, quizá se pregunte cómo será el siguiente hombre que la aborde. ¿Cuánto, nena?, y ella que cincuenta euros la media hora, y él, baboso, calvo, gordo y empapado en sudor, la mirará de arriba abajo antes de protestar porque le parece mucho, que si no le hace una rebajita entonces nada, un sapo regateando con una sirena. No, seguramente la prostituta no piensa en el nuevo cliente que estará al caer, de sobra sabe cómo será.

Entonces quizá recuerde. Sí, puede que a su familia, sus padres y un hermano pequeño, de los que se despidió convencida de que iniciaba una vida mejor en otro país para trabajar de camarera, eso ponía en el contrato que ese hombre le ofreció, camarera de un club nocturno, y ella le creyó. Ese empleo estaría bien para empezar, le serviría para mandar algo de dinero a casa y también para ahorrar ella, y luego podría intentar cumplir su auténtica vocación: la de bailarina, siempre bailando desde muy niña, con música o con su propio tarareo, el caso es expresar lo que de otra forma no le resulta posible, todo su cuerpo convertido en un mensaje delicioso. Si no obedeces o si se te ocurre escapar o denunciarnos, tu familia lo va a pasar muy mal, ¿te enteras, niña?, sabemos donde está tu casa en tu país y no nos costaría nada hacerles una visita, ¿te gustaría que le pasar a algo malo a tu hermanito? Puta, dijo. Eres una puta nuestra y nada más.

Es poco probable que piense en los suyos, porque entonces se echaría a llorar y eso sería malo para el negocio. Y cuando el negocio no va bien, ese hombre se enfada y se pone muy violento. No, llorar solo es posible por la noche, tumbada en el camastro del piso donde la encierran cuando termina su turno de madrugada, sus gimoteos mezclados con los de las demás chicas que duermen junto a ella.

Así que si evita pensar en el próximo cliente y recordar a su familia, ¿en qué piensa la prostituta? Puede que mire a las chicas de su edad que pasan delante de ella, muchachas vestidas no para atraer a tipos que les paguen por hacerse sus cosas dentro de ellas, sino para gustarles a chicos guapos o para gustarse a sí mismas, jóvenes que siempre van acompañadas de otras y que cuando se acuesten esta noche, lo harán en su propia cama, en su habitación privada y con su familia descansando en la misma casa. ¿Por qué no puede ser como ellas?, ¿por qué no puede abandonar su puesto en la calle y unirse a una de esas pandillas que pasan por su lado y que van hacia algún local donde bailar y tomar algo y ligar con jóvenes que les gusten de veras, sin precio alguno de por medio?

En todo eso puede que piense la prostituta. O quizá no piense en nada. Puede que solo espere, la vista perdida en el infinito, a que llegue el próximo cliente.

La venganza de Gea II: «Aprendiendo de Newton»

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Escultura: Planet, de Marc Quinn. Exposición en los jardines de Chatsworth (Reino Unido).

Inútil esforzarnos en hallar el elixir de la eterna juventud: la causa segura de nuestra muerte será la fuerza de la gravedad, y contra ella nada podemos hacer.

Si bien es cierto que la atracción física del planeta nos ayuda a nacer —las mujeres de algunas tribus aborígenes americanas acostumbraban a parir en cuclillas para que el propio peso de la criatura facilitara su salida—, no es menos verdad que, a partir de que aparecemos en el mundo, la gravedad nos conduce inevitablemente hacia nuestro final.

Primero intentará hacernos caer de los brazos de nuestra madre para que perezcamos a causa del golpe, y lo mismo tratará más adelante, aprovechando la inestabilidad de nuestros primeros pasos. Si superamos esta etapa, pasaremos unos años en los que disfrutaremos de una engañosa sensación de impunidad: nuestras piernas fuertes nos mantendrán a salvo.

Pero la gravedad es paciente, a imagen y semejanza de la diosa Gea, y esperará a que el tiempo colabore con ella. Sin tardar mucho, nuestro cuerpo empezará a acusar los efectos de la atracción del planeta: la piel de la cara tenderá a colgar como un pellejo fofo, los pechos de las mujeres apuntarán hacia la cintura y los penes masculinos tenderán a señalar de manera constante hacia el núcleo del planeta.

En nuestra vejez, la gravedad, tras habernos arrebatado el cabello hará lo mismo con nuestros dientes, y además retomará la estrategia de derribo que ya usara en nuestra infancia: el bastón se convertirá en imprescindible.

Al fin, la fuerza gravitatoria —perdamos toda esperanza desde ahora mismo, será mejor así— ganará la pelea y logrará atraernos de tal forma que, suena terrible, lo sé, nos tragará la tierra.

La venganza de Gea I: «Terremoto»

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Gea ha perdido el miedo.

Antaño, cuando deseaba vengarse de los humanos, solo se atrevía —con muy raras excepciones— a temblar en rincones apartados. Buscaba en su corteza un país pobre, de esos que nunca aparecen en los titulares de las noticias, y allí desahogaba su rencor acumulado derrumbando edificios, puentes, monumentos. Intentaba así recordarle al ser humano que no es nada ni nadie, que la única que tiene poder auténtico es ella. Y que está harta de nosotros.

Pero como esos avisos en países marginales no han surtido nunca el efecto deseado, Gea ha decidido dar un paso adelante en su estrategia de reivindicación, o quizá de venganza: esta vez se ha atrevido con un país rico, con uno de esos que sí salen en los titulares de las noticias. ¿Servirá de algo esta vez su advertencia? ¿Lo escuchará alguien? ¿O quizá tendrá que volver a alzar su voz en otro país del primer mundo? Y si es así, ¿cuál será el elegido?

Sí, definitivamente Gea ha perdido el miedo.

10/04/2009 20:12 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Cuento (tardío) de Navidad»

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Me ha parecido oír un estornudo al otro lado de la ventana, pero eso resulta muy extraño: vivo en un sexto piso sin terraza. Me asomo y no veo a nadie que haga lo propio en ninguna otra casa. La única figura más o menos humana es la del muñeco de Papá Noel que los vecinos han vuelto a colgar otro año más en la fachada, aunque esta Navidad se han superado: el monigote es de tamaño natural, con su enorme barrigón y todo.

Al ir a cerrar la hoja de cristal, escucho otro estornudo cercano. Vuelvo a asomarme y sorprendo al Papá Noel sonándose los mocos, la barba descolocada por la operación.

—Pero, hombre, ¿qué haces ahí colgado? —le pregunto a mi vecino de al lado.

—Pues ya ves, cosas de mi mujer. Le dije hace unos días que teníamos que poner el Santa Claus de la ventana como todos los años, y me respondió que ya que yo tenía unos días de vacaciones y que iba a estar todo el rato en casa dándole el rollo, que por qué no me disfrazaba y me colgaba yo mismo. Y aquí estoy.

—Ya veo, ya. Pues hace una rasca que se las pela. Supongo que, al menos, por la noche dejarás el puesto.

—Sí, claro. Bueno, espero que hoy me recoja mi mujer, porque anoche se olvidó de mí y aquí me he quedado todo el tiempo.

—¿Y por qué no le diste una voz para que te rescatara?

—Si lo hice, pero resulta que ella había puesto música y se oían risas y ruido como de gente que bailaba, y no se dio cuenta de que la llamaba.

Estoy a punto de comentar que yo también escuché, después de la fiesta, gemidos y jadeos hasta bien entrada la madrugada, pero me muerdo la lengua a tiempo.

Justo en ese momento comienza a nevar. Al principio son cuatro copos dispersos, pero enseguida se convierten en una nevada reglamentaria.

—Pues sí que estamos buenos, lo que me faltaba. Oye, ya que estás asomado, ¿me podrías ayudar a encender un cigarrito?, a ver si así me caliento un poco. Tengo la cajetilla y el mechero en un bolsillo del disfraz.

Siguiendo sus instrucciones, localizo ambos objetos y le pongo un pitillo en los labios. El problema llega cuando intento encendérselo: yo no fumo y no me apaño con el mechero.

—Trae, déjame, que ya lo hago yo.

No sé si ocurre por quitar una mano de la cuerda o por el nuevo estornudo que le pilla de sorpresa, el caso es que mi vecino se suelta de la cuerda y se precipita al vacío: veintitantos metros de caída libre. Un niño que pasa por la calle cogido de la mano de su madre señala al Santa despanzurrado y empieza a llorar.

—¡Mamá!, ¡mamá!, ¿quién me va a traer la bicicleta ahora…?

—No te preocupes, cielo. Pídesela a los Reyes Magos y ya está.

La alternativa convence a medias al infante, que sigue su camino algo más consolado.

Hace mucho frío. Cada vez nieva con más fuerza y ya empieza a cuajar la capa blanca encima de mi vecino. Si sigue un rato más así, acabará cubriéndolo del todo y nadie se dará cuenta de su presencia, tirado ahí en la acera. Dudo sobre lo que debo hacer: ¿avisar a su mujer?, ¿bajar yo mismo a auxiliarlo?, ¿llamar a emergencias? No sé, ya me decidiré luego, me digo mientras cierro la ventana.

Crisis III: «Acta de la cumbre»

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Reunidos los presidentes de los gobiernos, ministros de finanzas y presidentes de los bancos centrales nacionales del G20, el G8, los países emergentes y los insistentes, hemos llegado a las siguientes

 C O N C L U S I O N E S:

 Que desde que el mundo es mundo, siempre han existido ricos y pobres.

  Que a partir de este día, nos comprometemos a trabajar intensamente en políticas supranacionales coordinadas para garantizar que los ricos sigan siéndolo.

Anexo al acta: acerca de los pobres no hemos decidido nada.

Washington, 15 de noviembre de 2008

Crisis II: «Especies»

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Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. El hombre, o puede que la mujer —no importa en realidad— se acercó al animal y le preguntó:

—¿Por qué sigues aquí?

—Los iguales tienden a juntarse en manadas.

—¿Iguales? Qué tontería dices. ¿Acaso tú y yo tenemos algo en común?

El reptil miró al humano durante unos segundos antes de responder.

—Por supuesto que sí: la extinción.

Crisis I: «Hagan juego»

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Como cada mañana, Mariano friega el portal adelantándose en casi una hora a la salida de los vecinos camino de su despacho en la Castellana, o de su cita diaria en el gimnasio de moda, o de la parada del autobús escolar de mano de la doméstica sudamericana. Vive gente de posibles en esa finca, usuarios cotidianos de corbata, o de traje sastre, o de impecable uniforme de colegio privado, personas ante las que Mariano debe mostrarse respetuoso y servicial como corresponde a su cargo. Sí, doña Tal, lo que usted diga; descuide, don Cual, que yo me ocupo; no volverá a pasar, señora de Esteodelotro... A costa de flexionar la espalda en un gesto instintivo, tendente a mantener siempre su mirada más baja que la del vecino de turno, el portero ha logrado conservar su empleo durante veinte años, desde que entrara para hacer una suplencia del titular del puesto y acabara quedándose fijo en él. Veinte años fregando la escalera, veinte años quitándole el polvo al desmesurado espejo de la entrada, veinte años sacando la basura, veinte años repartiendo el correo, veinte años paseando perritos ajenos, veinte años poniendo buena cara y andándose al quite para cazar cualquier propina posible, un poco del polvo de oro que aquellas gentes dejan caer a su paso, que la vida está muy achuchada y en la portería son cuatro a desayunar, comer y cenar todos los días.
 
Cuando Mariano frota con el mocho la última baldosa, aparece por el ascensor don Germán Ortiz, el más madrugador de los vecinos y al que el portero mira con mayor respeto, o con respeto sincero al menos, que a todos los propietarios ha de tratar con mucho tiento, desde luego, pero una cosa es el trato y otra muy distinta la opinión. Buenos días, señor Ortiz, tenga cuidado no vaya a resbalar, ¿otra mañana más a pegarse con el sube y baja de los números?, y bien tempranito, como siempre. Ya ves, Mariano, cosas de la diferencia horaria, que ha cerrado Tokio hace poco y es vital recoger las noticias frescas antes de que abra Nueva York. Diga usted que sí, a quien madruga Dios le ayuda, que se le dé bien, señor Ortiz. Apoyado en el palo de la fregona, el portero ve a don Germán cruzar la enorme cristalera de la salida y desaparecer engullido por una puerta trasera de su Mercedes nuevecito, que no se ve ninguno ni parecido en toda la calle, y menos aún con el lujo añadido de un chófer que le lleva y le trae mientras él se empapa de esos periódicos de color salmón que leen los que de verdad manejan el dinero, los que compran el mundo en un minuto y lo venden al siguiente con un doscientos por cien de beneficio. Cuando arranca el cochazo, Mariano permanece aún unos segundos inmóvil, lamentando no haberse atrevido a decirle a ese vecino lo que le ronda por la cabeza, una idea que le bulle dentro desde hace días y que, por no haberla desalojado de la garganta, seguirá inquietándole otra jornada más.

Esa noche, mientras Charo les sirve la cena a él y a los mellizos delante del televisor, la idea emboscada acaba irrumpiendo en la conversación como un invitado molesto.

¿Te has vuelto loco o qué?
¿Por qué me dices eso? Y delante de los chicos...
Perdona, Mariano, pero es que me ha salido del alma.
A mí no me parece un mal plan.
¿Pero tú qué entiendes de esas cosas, eh? Nosotros somos como nuestros padres, solo servimos para sumar a poquitos y guardarlo bien seguro. Nunca hemos sido gente de aventuras, ya lo sabes.
Unos desgraciados es lo que somos.
Ahora eres tú el que se está pasando. En esta casa vive una familia honrada, y lo poco que tenemos nos lo hemos ganado a pulso.
Pues yo estoy hasta las narices de tener poco!, y me muero de ganas de llevarme algo fácil en esta puñetera vida.
Eso no pasa nunca.
Al señor Ortiz sí que le pasa.
Porque él es rico.
Dime algo que no sepa, pero no lo fue siempre, nació en una familia humilde como la tuya y la mía, que le conozco de mi barrio desde que éramos niños. La diferencia es que él estudió, se la jugó con sus negocios y mírale, tiene más pasta que pesa. Solo el coche que lleva cuesta lo que tú ni te imaginas.
Pues me alegro mucho por él. A mí me basta y me sobra con que no nos falte de nada y con seguir todos sanos.
La vida del cerdo: comer, dormir, trabajar y vuelta a empezar.
Esta noche estás imposible. No se puede hablar contigo.

Y no hablan más, rumiando cada uno en silencio su reciente rencor hacia el otro, o hacia sus existencias, o hacia quién sabe qué. Y la idea, la más que polémica idea, engordando como un quiste, tanto que a Mariano le impide dormir profundamente, le desvela a cada poco, le somete a un febril proceso onírico de sumas y porcentajes, de compras y ventas, de subidas e ingresos sin límite.

A la mañana siguiente, el portal está fregado antes de lo habitual y el portero se ha cambiado ya el mono azul por el traje y la corbata igualmente azules, aguardando la salida de don Germán en una postura muy digna, con actitud de negociante. Buenos días, señor Ortiz, ¿qué tal ha descansado esta noche?, la idea hinchada en sus cuerdas vocales hasta casi dificultarle el habla. Bien, bien, Mariano, gracias. Que digo, señor Ortiz, que si podríamos charlar un momento, no le entretengo más que un minuto, que sé que le espera su chófer. Tengo mucha prisa, pero tú dirás. Pues verá, es que dispongo de un capitalito ahorrado en el banco que no me renta nada, los intereses andan por los suelos, ya sabe, así que estoy pensando en sacarle un poco más de provecho de otro modo, y quizá usted podría aconsejarme, aunque no quiero que se sienta obligado, que me consta que cobra precisamente por eso, por aconsejar... ¿De qué cifra estamos hablando? Se va a reír usted, de tres millones de pesetas solo, que en euros no me acuerdo a cuánto sube... Unos dieciocho mil. Sí, eso creo, don Germán, ya sé que no es mucho, pero es que los hijos se llevan siempre tanto gasto, y hace unos meses tuvimos el entierro de mi suegra y... Acerosa. ¿Cómo ha dicho, señor Ortiz? Acerosa, Aceros, S.A., un valor en alza que en los próximos días va a subir como la espuma, créeme, sé lo que digo. Muy bien, lo recordaré, Acerosa, Aceros, S.A., muchas gracias, ¿y para comprar qué hago? En tu banco, le dice mientras sale a la calle, vete a tu banco que allí te lo arreglan todo. Muchas gracias otra vez, señor Ortiz, Acerosa, no se me olvidará.

Acerosa, Aceros, S.A., no se le va de la cabeza ni un momento. No se le olvida cuando acude a su caja de ahorros para firmar la orden de compra, hagan juego, señores, dieciocho mil a Acerosa, impar y negro, no va más, señores, no va más. No se le olvida cuando empieza a leer también él los diarios de color salmón plagados de cifras, coeficientes y términos que a duras penas entiende. Sí se le olvida en compañía de Charo, a la que no menciona ni una palabra de lo que ha hecho, será una sorpresa que le dará cuando el dinero se haya multiplicado de la noche a la mañana, cuando vuelque ante sus asombrados ojos el cuerno de la abundancia y puedan realizar los sueños que comparten a diario, ese coche que tanta ilusión les hace, esa ropa que les sentaría tan bien a ambos y a los chicos y que nunca se compran, esos electrodomésticos nuevos que parecen futuristas al lado de los que ahora tienen, puede incluso que alcance para la entrada de un piso propio en el que refugiarse el día que se acabe lo de la portería. Aceros, Aceros, S.A., Acerosa...

Su cántaro de leche tarda una semana en empezar a tambalearse. Los diarios asalmonados, y los normales también, se llenan un mal día de palabras como recesión, guerra aquí y allá, reserva federal americana, crisis asiática, caídas generalizadas... El portero tiene el pulso acelerado y un indescriptible vacío en el estómago cuando aborda, casi asalta, a don Germán nada más aparecer en el portal. ¿Ha visto lo que traen los periódicos, señor Ortiz?, ¿qué cree usted que significa esto?, ¿qué va a pasar con mi dinero?, porque yo lo metí todo en acciones de Acerosa, como usted me dijo, y mire ahora qué panorama... Tranquilo, Mariano, tranquilo, que esto es un bache sin importancia, lo más inteligente es no perder la cabeza ni la paciencia, que ya pasará la mala racha, y los que tengan sangre fría y no vendan a lo loco se llevarán el gato al agua. ¿Usted cree, señor Ortiz?, mire que los tres millones que invertí es todo lo que tenemos, y si los perdemos ahora... El portero calla cuando se percata de que está hablando solo, don Germán ha salido del portal y parece esconderse tras la puerta de su Mercedes. Sangre fría ha dicho, pero a él ya no le queda sangre en las venas ni fría ni caliente, y su corazón parece a ratos como si no latiera, dejando a su dueño sumido en una especie de catalepsia, de muerte en vida con el cuerpo insensible y sin embargo dándose cuenta de todo. No perder la cabeza, no vender a lo loco, no cruzar su mirada con la de Charo para evitar que sospeche nada, que ella siempre ha sido muy intuitiva y podría leerle el pensamiento.

¿Qué te pasa, cariño? Estás muy callado.
Nada, nada... veo el telediario.
Hay que ver lo que ha pasado con la bolsa. Dicen unas cosas de millones y millones perdidos que da miedo solo de oírlas. Y tú que querías meter ahí nuestros ahorros... Menos mal que te quité esa idea de la cabeza.

Mariano calla, la sangre fría, congelada, y el corazón en constante arritmia, imposible digerir la poca cena que ha podido tragar, las horas petrificadas más tarde en los dígitos luminosos del despertador, la cama convertida en la balsa de un náufrago, hasta que una idea, más bien una corazonada, inunda su conciencia insomne. Claro está, ¿cómo no lo he pensado antes?, el señor Ortiz se hará cargo de mis pérdidas, él fue quien me aconsejó Acerosa, que iba a subir como la espuma, y ahora que todo está saliendo mal no me va a dejar en la estacada, es un hombre importante, el único vecino al que yo respeto de verdad, no para cubrir el expediente, sino con el corazón, que crecimos juntos en el mismo barrio y sé que es gente de ley y que me va a echar una mano, mañana en cuanto le vea se lo digo, mire usted, señor Ortiz, que mis tres millones de los de antes se han quedado en nada y eran todos nuestros ahorros, y la cosa ha sido por invertir en Acerosa, Aceros, S.A., que me lo dijo usted, ¿se acuerda?, y él me responderá claro que sí, me acuerdo perfectamente, y lo siento mucho y aquí tienes un cheque por los dieciocho mil euros, ha sido culpa mía y no se hable más. Así será, no le cabe la menor duda a Mariano cuando al fin consigue un suspiro de sueño.

Con los ojos enrojecidos y sin afeitar, el portero friega el suelo de madrugada, una baldosa mojada y dos secas, como si estuviera limpiando en medio de un terremoto. Los periódicos del día, los que él ha leído de prestado antes de entregárselos a los vecinos suscritos, no hablan de otra cosa: las bolsas están en coma en este país y en los otros, desplome colectivo, especial incidencia en los valores industriales, Acerosa a la cabeza de las pérdidas y a un paso de la suspensión de pagos. Una baldosa mojada y tres secas, cuatro baldosas sucias y ninguna limpia, el portero vigilando de reojo la puerta del ascensor con la ansiedad de un novillero ante la salida de los toriles. No hace más que presentarse don Germán cuando ya le está poniendo el periódico frente a la cara. Que mire, señor Ortiz, vea qué desgracia me ha pasado con mis acciones... Quita, déjame de tus desgracias, que bastante tengo ya con las mías. Pero, señor Ortiz, es que he perdido mis tres millones... De pesetas, tú los habrás perdido de pesetas, pero yo los he perdido de euros, que no veas la papeleta que me ha caído encima. Es que eran todos nuestros ahorros, señor Ortiz, usted ya lo sabe. Sí, sí, tus ahorros, pero todavía te queda tu sueldo fijo, ¿no?, ¿o es que acaso no te pagamos religiosamente todos los meses?, afortunado tú que te llevas tu cheque vaya como vaya el rumbo de la economía, pero yo no cobro ningún sueldo fijo, al revés, si no van bien las cosas en la bolsa, en vez de cobrar pierdo. Pero, señor Ortiz... Mira, Mariano, ¿ves al chófer que me espera en la puerta?, pues en cuanto me lleve a la oficina le voy a entregar una carta de despido que ya he preparado, aquí en la cartera la tengo, y a partir del mes que viene tendré que conducir yo mismo el Mercedes, ¿qué te parece? No sé, yo nunca he tenido coche... Y la cosa no acaba ahí, ojalá, que a la noche tendré que pasar el trago de decirle a mi hija que este verano no podrá irse a estudiar inglés a Estados Unidos, como todos los años desde hace cinco, con la ilusión que tenía. Pues... mis mellizos nunca han pisado el extranjero... Pero eso no es todo, Mariano, mi señora aún no sabe que no va a poder comprarse el anillo de diamantes que ella quiere, y que tendrá que seguir luciendo las mismas joyas de la temporada anterior, no quiero ni pensar en el disgusto que se va a llevar la pobre. Mi Charo no tiene ningún anillo de diamantes, ni siquiera de imitación... Así están las cosas, que me das envidia, Mariano, aquí a salvo de todo con tu sueldo mes a mes, más tus dos paguitas extras y tus buenas propinas, en vez de estar jugándote el tipo en ese mundo de lobos en el que me muevo yo, y encima vas y te quejas. Sí, señor Ortiz, me hago cargo de sus pérdidas y de todo lo demás, pero es que mis tres millones, usted me dijo, me aseguró que Acerosa, Aceros, S.A...

Sus últimas palabras chocan contra la espalda de don Germán, que camina hacia la salida mientras sacude una mano como si se apartara una mosca de la oreja. Y en ese instante, el portero reconoce el objeto que sujeta entre las manos, la barra metálica de la fregona, y sus dedos se crispan en ella hasta casi hacer audible el crujido de huesos, o quizá sea su alma la que cruje y la que le obliga a levantar los brazos sobre la cabeza, la fregona convertida en maza, en espada justiciera, y don Germán dejando su nuca indefensa, confiado, desdeñando a Mariano por considerarlo inofensivo, el vecino abriendo la puerta acristalada para reunirse con el conductor que aún no se sabe despedido, y el portero que avanza un paso hacia su antes admirado señor Ortiz, una idea fija en la cabeza, una obsesión negra y ciega en sus manos y su mirada.
Pero, caprichos de la conciencia, el vengador piensa en Charo y en los mellizos y se da de bruces con la certeza de que, aunque todavía no saben nada, de una forma u otra van a enterarse. Y de repente el piso del portal parece convertirse en arenas movedizas, y Mariano tiene que usar el palo de la fregona a modo de bastón para no caerse, para no humillar aún más las rodillas en el suelo.

Este relato fue publicado por primera vez en el libro Relatos, editado por la Asocación Colegial de Escritores.

28/10/2008 13:15 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Cortesía»

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Para más información sobre esta foto, pinchar aquí.

Abandono una cafetería moderna —mochila al hombro, ropa cómoda y un café para llevar quemándome en las manos: debo de parecer un neoyorquino, nada más alejado de mi intención— y, al llegar a la puerta, veo que una chica —con vestido vaporoso y gafas en la coronilla bien podría ser una parisina— se me ha adelantado y está abriendo ya la puerta. La sigo y, en el momento en que ella va a soltar la hoja de madera y cristal, se percata de mi presencia y la retiene un momento para faciltar mi salida. Su gesto me conmueve. Aunque soy un extraño para ella, ha tenido la deferencia de regalarme su consideración. Reconfortado por la idea de que aún queda un resquicio en mi ciudad para la cortesía, le contesto con un «gracias» que espero que opere en ella un efecto parecido. Pero al alejarse me muestra su perfil un instante y veo los cables que cuelgan de sus orejas y se pierden en el bolso.

Lástima: no me ha oído darle las gracias.

«Mundo perfecto»

El jugador de snooker entierra en la tronera una nueva bola. La excitación crece entre el público. Apenas sobreviven unas cuantas sobre el tapete y se barrunta en la sala el posible final: nada menos que un 147, la máxima puntuación posible, la que se consigue dejando a cero al contrario, la partida perfecta.

Otra bola, tiza en el taco, y otra, tiza de nuevo, y otra, un momento de reflexión, y otra, tiza otra vez, y otra... Ya solo queda la última, la bola negra que espera su sentencia. El jugador se agacha, apoya el taco en su mano izquierda, tantea... y dentro: 147.

El público estalla de felicidad. El contrario le felicita caballeroso. El mismo árbitro le da la enhorabuena por lo excepcional de su logro. Pero el jugador siente un agujero gigantesco en su vientre. Durante unos minutos, el mundo ha sido perfecto: las reglas, el método, el objetivo. Pero ¿y ahora que ha terminado la partida? ¿Qué ocurrirá a partir de ahora...?

 N. del A.: os aconsejo que dediquéis poco más de ocho minutos a contemplar, en el video del inicio, al gran Ronnie O´Sullivan consiguiendo un 147, algo que solo un puñado de jugadores ha logrado en la historia de los torneos oficiales de snooker o billar inglés. Creedme: es como si sobre la mesa, durante esos minutos, se sustanciara un mundo perfecto.

«Bienaventurada»

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El dueño de la casa entra adormilado en el cuarto de baño, enciende la luz y la sorprende parada en medio del suelo, ocupada en la labor de reconocer ese nuevo mundo. El hombre se saca la zapatilla y, con movimientos torpes y los ojos aún deslumbrados por los halógenos, golpea varias baldosas antes de acertar a su objetivo. Al comprobar su éxito, sonríe con orgullo de cazador.

En el suelo, la moribunda mira a su matador y piensa: «Ríete cuanto quieras, imbécil. ¿Acaso no sabes que cuando vosotros os hayáis autodestruido, nosotras heredaremos la tierra?»

02/07/2008 09:46 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Camino de perfección»

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El escritor observa el manuscrito y sabe que, al fin, ha terminado.

El borrador inicial superaba el millar de páginas. Le llevó más de dos años escribirlo, en realidad casi tres, y el esfuerzo le dejó exhausto.

Cuando se recuperó, inició la primera reescritura. Siguiendo las instrucciones del monitor de un taller literario al que asistió tiempo atrás, comenzó a tachar como quien poda un árbol sobredimensionado. Así llegó a quedarse con apenas quinientas páginas.

Después hubo una segunda reescritura, y una tercera, y una cuarta...

Hoy ha completado la décima versión —quizá sea la vigésima, no sabe— y ante él se muestra su obra terminada, perfecta. Como premio, el escritor se sirve una bebida y se sienta satisfecho a la mesa sobre la que descansa, aislada como un autor incomprendido, una única hoja en blanco.

25/06/2008 15:13 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes Suburbanos VII: «Manos»

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Fotografía: Las mujeres que no conocemos, José Luís Guerin, 2007.

 

En un vagón del metro, una mujer se desvive por atender a un niño que viaja sentado sobre sus rodillas. Escucha cada palabra que él pronuncia para repetirla luego despacio, tratando quizá de corregir su dicción sin que se dé cuenta; vigila todos sus movimientos, no se vaya a golpear contra alguna barra o contra otro pasajero, y disfruta orgullosa con los piropos que una viajera desconocida regala al pequeño.

En la fila de asientos de enfrente, otra mujer de edad similar viaja sin compañía. Entretiene los minutos aplicándose crema en las manos, meticulosa, dedo a dedo, uña a uña, sin ninguna prisa.

En cierto momento, la mujer del niño se fija en la que viaja sola y en las manos tan cuidadas que luce, con ese barniz rojo que convierte cada una de sus uñas en una piedra preciosa.

Casi al mismo tiempo, la mujer sola mira a la que se sienta frente a ella y repara en la mano que apoya sobre la cabeza del que parece su hijo, que casi de repente se ha adormecido en su regazo.

Y así permanecen un rato, sin advertir ninguna de las dos que el tren, detenido en el túnel, ha congelado durante un instante sus caminos.

28/05/2008 15:16 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Ella»

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Cuando al fin la vio se quedó petrificado. Había soñado con ese instante docenas de veces durante los últimos dos años, pero ahora que la tenía al alcance de sus manos, la ansiedad apenas le permitía acercarse.

«Cálmate —se dijo—. Toda tu felicidad y tu futuro dependen de este momento, de lo que ella quiera responderte. Así que adelante, sin miedo». Con las piernas laxas y el corazón acelerado hasta lo imposible, alargó las manos hacia el objeto de su deseo. La cogió, la atrajo hacia él y comenzó a recorrerla con los dedos. Ella, a cambio de su atención, revelaba despiadada los nombres de otros. Incluso, con una perversidad refinada, le aseguraba que prefería a otras antes que a él. Estaba a un paso de enloquecer, de perder los estribos y destrozarla con sus manos. Había sufrido tanto por ella, se había sacrificado hasta tales límites que no podía negarle su favor otra vez, no podía...

Y, en efecto, no pudo. En la última página, camuflado entre tantos otros, leyó al fin lo que ansiaba: «López Sánchez, Alberto - DNI 97612657 - 7,85 puntos». Henchido de felicidad, se despidió de la lista demoniaca con un hasta nunca y corrió hacia una cabina telefónica. Introdujo las monedas con dedos temblorosos y, cuando escuchó la voz que le contestaba, gritó: «Cariño, ¡he aprobado las oposiciones!»

Dedico este minicuento a todos aquellos que, como yo, pelean por aprobar una oposición.

Y sobre todo a mis familiares y amigos, a los que tengo la cabeza como un bombo. Disculpadme: quizá este pequeño cuento os ayude a comprenderme.

«Expolio»

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          El fusilamiento de Maximiliano I, por Edouard Manet. 

 

Sangre. El abrigo que lleva puesto el soldado se ha empapado de sangre, justo cuando sonaba la descarga del pelotón de fusilamiento del que él mismo forma parte. No entiende por qué. Las balas no han podido alcanzarlo, ni siquiera de rebote, y él no ha sentido impacto alguno, pero lo cierto es que el maldito abrigo chorrea sangre por todas las costuras. Confuso, el soldado echa pestes de su suerte, que minutos antes parecía sonreírle cuando ganó a sus compañeros de cuartel, gracias a una inmejorable mano de cartas, el derecho a quedarse con la ropa del prisionero condenado a muerte; ahora no sirve más que para tirarla. Y mientras se quita con aprensión la prenda enrojecida, advierte que de las heridas del fusilado, amarrado aún al poste, no brota siquiera un hilo de sangre.

10/01/2008 10:59 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Poco importa»

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre nadie pudo enterarse, ha mucho tiempo que vivió un hidalgo que atendía por Alonso Quijano, quien a fuerza de empacharse de mala literatura acabó completamente donquijotecizado. Y diose en juntar con un labrador vecino suyo y sanchopancista, al que arrastró un buen día a la aventura de recorrer los caminos de su tierra.

Al fin, tras juntarse y separarse durante meses de curas, venteros, amas, bachilleres, duques, galeotes, sobrinas, pastores, caballeros andantes de pacotilla y demás enamorados de la broma, fueron a darse de bruces con la inevitable.

Y fue en su postrero lecho donde rindió la disculpa más sentida que se recuerde un hidalgo ya sanchopancizado a su amigo el labriego, quien por entonces vivía orgulloso de ser un escudero para siempre donquijotista.

Poco importa el lugar en que esta historia ocurriera.               

10/12/2007 13:02 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Demasiado tarde»

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Se levantó con el pie izquierdo, pero no le dio ninguna importancia.

En el cuarto de baño, rompió sin querer el espejo, pero solo se disgustó por el dinero que le costaría reponerlo.

Cuando salió de casa, se le cruzó un gato negro y ni siquiera se fijó en él porque en su barrio abundaban los felinos sin dueño. Simplemente, abrió el paraguas para protegerse de la llovizna fina que caía y se dirigió al coche.

Nada más aparcar cerca de su oficina, pasó por debajo de la escalera de un técnico que revisaba el cable telefónico: no le prestó más atención que la necesaria para evitar algún tropiezo.

En su despacho, abrió el paraguas y lo dejó en el suelo, en un rincón discreto, para que se secara.

Al mediodía, mientras comía en el bar de siempre, volcó el salero y su contenido se derramó sobre el mantel. Se limitó a recogerlo y usarlo para aderezar la sopa.

Y fue esa tarde, mientras se precipitaba al vacío desde un puente camino de casa por culpa de un derrape de su coche, cuando cayó en la cuenta. Sí, mientras caía cayó en la cuenta de que ese día era martes y 13.

13/11/2007 14:37 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«En casa»

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El ciudadano deambula entre los escombros. Es posible que esta sea su calle, la misma en que nació y donde después compró su primera vivienda junto a su novia —su esposa… esta mañana se despidió de ella como cada día, qué tengas un buen día, cariño, pero desde la gran explosión no ha sabido de ella, ¿dónde estará?, ¿vivirá aún? —, aunque le resulta imposible asegurarlo porque ahora la calle es un reguero de escombros y sus ojos apenas ven, quemados por el calor que lo inflamó todo en un instante.

Buscando quizá un refugio, el ciudadano se encarama a un montón de piedras que se encuentra más o menos en el lugar donde estaba su casa. Allí se sienta, buscando un acomodo mínimamente confortable sobre los cascotes. Sin embargo, algo bajo su cuerpo ofrece un tacto distinto, más blando. A tientas encuentra el objeto. Es rectangular y flexible, y al palparlo parece abrirse… ¡Es un libro!  Sí, tiene que serlo, ¡un libro…! El ciudadano recta por los escombros hacia un lugar más apartado aún, alejado de cualquier posible encuentro con otros supervivientes. Allí abre el libro por una página al azar y se lo acerca a los ojos como si quisiera tocarlo con ellos. Las hojas están quemadas por los bordes, pero las líneas parecen legibles. Al principio apenas distingue las letras. Después de un rato, con mucho esfuerzo, su vista se aclara un poco y puede comenzar a silabear: «L-a li.. li-ber-tad, San-cho, es u-no de los m-más pre-ci-o-sos do-nes…»

No necesita leer más. No sabe si vivirá siquiera hasta la noche, ni qué ha sido de sus seres queridos, ni si la raza a la que pertenece conserva algún atisbo de esperanza. Pero, al menos, siente que ha regresado a casa.

«Ego me absolvo»

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Un golpe seco, el grito de una testigo, el chirrido de unos frenos demandados a fondo y con urgencia: así comienza todo, en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que se tarda en acabar con una vida aunque no se pretenda. El conductor se baja del autobús con la angustia dibujada en las facciones. De alguna manera, su vida también ha terminado en ese momento, al menos su vida tal como él la conocía hasta entonces, porque es seguro que nunca volverá a ser igual, que habrá un antes y un después de ese impacto desafortunado. ¿Cómo es posible?, ¿de dónde ha salido este hombre?, pero si el semáforo estaba en verde, esto no puede ser cierto, no me puede pasar a mí, que llevo veinte años al volante sin el más mínimo roce, se desespera el chófer ante la mirada de un policía municipal que regulaba un cruce próximo; sin embargo, a quien parece hablarle en realidad es a la propia víctima, como si pretendiera convencerle de que no es ese ni momento ni lugar para cambiar de peatón a difunto, y mucho menos bajo las ruedas del vehículo de un profesional experimentado. El semáforo estaba en rojo, le juro que estaba en rojo, repite. Pero si antes dijo que estaba en verde, objeta el guardia creyendo que se dirige a él, y el conductor no le contesta mientras sigue deambulando con pasos nerviosos cerca del hombre caído en el suelo. Viendo que no le sacará una palabra coherente, el municipal se vuelve hacia su moto para pedir una ambulancia por radio, aunque sabe que es un puro trámite porque al desdichado que yace bajo el autobús de poco le sirven ya los médicos, un forense resultaría más apropiado. ¿Por qué tenía que cruzar justo cuando yo arrancaba, eh?, ¿por qué no pudo esperar un segundo?, ¿tanta prisa tenía?, increpa el chófer al accidentado mientras los pasajeros empiezan a bajarse del transporte público, intuyendo quizá que ya no les llevará a ninguna parte.
—Hombre, qué quiere que le diga. Prisa en especial, no. La misma que todo hijo de vecino a estas horas.
—¡Vaya! Menos mal que responde usted algo, que así tan callado me estaba asustando. Si ya sabía yo que no le había dado tan fuerte...
—Tampoco es que me haya atropellado con una bicicleta precisamente.
—Venga, deme una mano que le ayudo a salir de ahí abajo.
—No se haga ilusiones. El golpe que me he llevado ha sido de espanto, y yo diría que me he abierto la cabeza contra el suelo como si fuera una sandía reventona.
—¿Qué me quiere decir con eso?
—Pues hombre, que tengo por delante muchos añitos de seguir tumbado.
—No, no puede ser... esto no me está pasando a mí... Que hubiera metido la pata un novato, o algún compañero de esos que tengo que se toman su buen copazo antes de empezar el servicio, pues vale, lo vería lógico, pero que me pase a mí, que soy un empleado modelo, que llevo veinte años sin un mal problema...
—Eso de los veinte años ya lo ha dicho antes.
—¿Y qué si lo he dicho? Es verdad que los llevo. ¿Quiere que le enseñe mi carné de conducir?
—¿De qué me sirve su carné en esta situación? Lo que me hubiera venido de perlas es que usted no se hubiera despistado.
—¡Yo no me despisté!
—¿Ah, no? Mira con lo que me sale ahora. Entonces, ¿por qué arrancó cuando yo cruzaba?
—El semáforo estaba en verde.
—En verde ahora, en rojo antes. Rojo, verde, rojo, verde... El policía va a tener razón: no sabe usted ni lo que dice.
—¡Sí que lo sé! El semáforo estaba en rojo, que estuve esperando a que cambiara mientras una señora me preguntaba cuánto quedaba para plaza de Castilla. Ya verá, se lo va a contar ella misma.
El conductor levanta la mirada y descubre que su vehículo se ha quedado desierto. Ni rastro de la mujer. Tampoco es capaz de localizarla entre el gentío curioso que se arremolina a su alrededor. Unos metros más allá, el municipal de antes cuenta ya con refuerzos y parece comentar con sus colegas lo ocurrido mientras menea la cabeza. No me gustaría andar en el pellejo de ese autobusero, ni el color en que estaba el semáforo recuerda, menudo puro le van a meter. Peor le habrá ido al que está bajo las ruedas, puntualiza otro agente. No te creas, que a ese infeliz se le han acabado todos los problemas de golpe, pero al conductor... al conductor se le va a caer el pelo.
—No está, ¿verdad? La señora, digo... Ya me lo imaginaba. Seguro que ha puesto tierra de por medio, que nadie quiere líos.
—Bueno, si no la encuentro a ella, me parece recordar que en las primeras filas iba sentado un joven que...
—Tampoco se moleste en buscarlo. Ya se habrá largado hace rato, temiendo que lo citaran como testigo. Si es lo que yo le diga: este asunto sólo nos interesa a usted y a mí. Cada uno tenemos nuestras historias, y maldita la gracia que nos hace vernos pringados en las ajenas.
—Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? Menudo disgusto se va a llevar mi mujer...
—Es curioso: acabo de darme cuenta de que hasta este momento no había pensado yo en la mía.
—¿También está usted casado? Claro, es lo normal. Y tendrá hijos, supongo.
—Dos, la parejita, mayorcitos ya. Le enseñaría unas fotos que llevo en la cartera, pero la ocasión no es la más apropiada y además las manos no me responden.
—Mujer y dos hijos, ¡qué tragedia! ¿Qué va a ser de ellos? ¿En qué situación se quedan?
—Pues bastante buena, la verdad. Ironías de la vida, hace un mes que cancelamos la hipoteca. Así que mi esposa, entre la pensión que yo le deje y su nómina de funcionaria, tendrá la vida resuelta. Y como lo más cariñoso que me decía a diario era ¡quita de en medio, estorbo!, ahora será más feliz que nunca porque al fin he hecho lo que ella quería. Y mis hijos... ¿tiene usted hijos?
—No. Mi señora y yo nunca... nunca pudimos...
—¡Qué envidia! Créame si le digo que no se pierden ustedes nada. Los míos no me hacen caso jamás, pero ni puñetero caso, de verdad. No me tienen por un padre, sino por un monedero. Que si he visto unos pantalones que molan un mazo, papá, que si nos hacen falta un ordenador y una impresora y un escáner, papá, que si ando flojo de gasofa para la moto, papá, que si los libros de la facultad, papá, así todo el santo día con el papá que no se les cae de la boca. Y luego, cuando estén con sus amigotes seguro que ya no seré papá, entonces me convertiré en el viejo. Esos dos sí que me van a echar de menos, ya lo creo, porque a partir de ahora tendrán que pedírselo todo a su madre, la reina de las tacañas...
Una sirena anuncia la cercanía de la ambulancia. El corro de curiosos va en aumento y la policía municipal se ve en la necesidad de despejar la zona. Algunos de los peatones usan su móvil para tomar fotos.
—Bueno, parece que me van a sacar de aquí enseguida.
—A lo mejor pueden hacer algo por usted, que estas ambulancias modernas, uvis móviles las llaman, llevan todos los adelantos posibles, que le inyectan a un herido no sé qué mientras le dan unas descargas de esas que se ven en las películas y...
—Ya le dije antes que no se hiciera ilusiones. Lo mío no se soluciona ni con pinchazos, ni con calambrazos de pilas alcalinas. Pero no se haga usted mala sangre, se lo ruego.
—Cómo no voy a sufrir si he desgraciado a un buen hombre. Porque tiene usted toda la pinta de ser buena gente, se le nota enseguida que abre la boca.
—Le agradezco el piropo, pero más que un buen hombre, la verdad es que he sido un idiota: toda la vida pendiente de los demás y sin ocuparme para nada de mí mismo. Y al final, mire qué pago he tenido.
—Lo... lo siento. No sabe cuánto lamento haberlo atropellado.
—Acepto sus disculpas. A cambio, voy a dejarle con un pensamiento que le tranquilizará: en el fondo, me ha hecho usted un favor quitándome un montón de pesos de encima.
—¿Lo dice en serio?
—Completamente. Le confieso que estos últimos días había considerado la idea de... echarle una mano al destino. Ya me entiende: hacer yo lo posible por marcharme antes de tiempo, que la vida me tenía bastante harto. La rutina, la familia, el trabajo... Y mira por dónde, aparece usted con su autobús y, sin quererlo, asunto solucionado.
—¿No lo dirá sólo para que no me sienta culpable?
—Qué va, qué va... palabra que es cierto. Y si tengo oportunidad, le echaré una llamadita desde donde pueda para contarle cómo es esto.
Una mano, que pretende ser amable sin perder su firmeza, se posa en el hombro del conductor, quien permanece agachado junto al vehículo. Tendrá que venir a comisaría con nosotros para prestar declaración, le informa el municipal. El aludido esboza una despedida hacia el atropellado y obedece al policía, que se extraña al descubrir en el rostro de su detenido un atisbo de sonrisa aliviada. ¿A que no sabe lo que me ha dicho este hombre, agente?, pues que en el fondo le he hecho un favor y que menudo peso le he quitado de encima. El funcionario uniformado, que creía haberlo visto y escuchado todo en sus años de servicio, echa una ojeada al cuerpo tendido sobre el asfalto y no sabe qué contestar. Y mientras introduce al reo en el coche patrulla, se lleva el dedo índice a la sien en un gesto dirigido a sus compañeros. Pobre hombre, se lamenta en cuanto cierra la puerta del automóvil, ha perdido del todo la cabeza.


Este relato fue publicado por primera vez en el nº 3 de la revista literaria Cuaderno Sie7e (Coslada, Madrid, España, año 2006).

08/10/2007 10:35 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes Suburbanos VI: «Mutación (o la fábrica de monstruos)»

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Un muchacho de aspecto poco aseado mendiga en un vagón del metro: «Una ayuda para comer, por favor». Al escucharle, un anciano le comenta a su esposa: «Ya, para comer... seguro que es para pincharse».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado vuelve a mendigar en un vagón del metro: «Una ayuda para comer, por favor». Dos señoras semienterradas por bolsas de unos grandes almacenes cuchichean: «Pues si no tiene dinero, que se ponga a fregar portales».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales mendiga una vez más: «Una ayuda para comer, por favor». Una pareja de adolescentes separan sus bocas el tiempo justo para decirse con sorna: «Seguro que ese tío ha estado en el talego».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel insiste: «Una ayuda para comer, por favor». Un caballero de traje y corbata se aparta de él cuando pasa a su lado, mientras piensa: «Que no me toque, que éste me pega el SIDA o algo peor».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel, donde contrajo el SIDA, suplica de nuevo: «Una ayuda para comer, por favor». Una madre que acaba de recoger a su retoño del colegio se interpone entre el niño y el indigente en actitud heroica. «Dios mío, ¿y si ahora saca una navaja y nos mata a todos?»

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel, donde contrajo el SIDA, acusado de asesinar a los pasajeros de un vagón del metro, pide ya sin fe: «Una ayuda para comer, por favor». Dos chicas se apretujan contra la gente para alejarse de semejante individuo, «no vaya a ser el violador ese que anda suelto por el barrio».

El tren se detiene en la siguiente estación. Al abrirse las puertas se apea, para alivio de todos, la encarnación perfecta de Mister Hyde. ¿Quedará en ese engendro algún atisbo de aquel muchacho de aspecto poco aseado que pedía una ayuda para comer?

«Tradición»

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Su tatarabuelo fue uno de los precursores de la cirugía moderna: se atrevió a ser el primero en el país en operar utilizando la novedosa anestesia de óxido nitroso.

Su bisabuelo, siguiendo los pasos paternos, también fue un cirujano famoso: inventó instrumentos quirúrgicos que aún hoy se utilizan.

Su abuelo no quiso ser menos: sus descubrimientos en operaciones de riñón le valieron el Premio Nobel de medicina.

Su padre fue jefe de cirugía y después director del hospital más importante de la nación. A su muerte, el centro médico fue rebautizado con sus apellidos.

Su hijo fue el primero en trasplantar un corazón con éxito en el país. Si se consulta su nombre en cualquier buscador de Internet, aparecen más de doscientas mil entradas.

Su nieto ostenta hasta la fecha dos récords Guinness: es el licenciado en medicina más joven de la historia patria y el único cirujano cardiovascular conocido al que nunca se le murió un paciente en la mesa de operaciones.

Su bisnieto, médico en ejercicio en la actualidad, descubrió el procedimiento para evitar rechazos en los trasplantes: es el segundo Nobel de la familia.

Y su tataranieto acaba de terminar la especialidad de cirugía con el número uno de su promoción. Ha asegurado sus manos en un millón de euros cada una.

Él, eslabón central de la cadena de cirujanos ilustres, pasó toda su vida laboral despiezando reses en una carnicería.

22/08/2007 13:49 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes suburbanos V: «Sensaciones»

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La mujer viaja sola en una pareja de asientos del vagón de metro.

A sus pies, una bolsa con algo de compra.

En su cabeza, multitud de problemas cotidianos que aguardan atención o, peor aún, una solución urgente.

El resto del coche está ocupado por un puñado de personas dispersas, acomodadas aquí y allá, somnolientas.

El tren se detiene en la siguiente estación y entra un muchacho. Se sienta frente a la mujer.

Vuelven a arrancar. Pero, pasados unos segundos, se paran antes de tiempo. No han llegado a ninguna estación. El túnel los rodea. Algún semáforo en rojo quizá.

De improviso, el muchacho se acerca a la mujer, toma su cara entre las manos y la besa en la boca. Es un beso lento, suave, sin atisbo de violencia. A ella, no sabe por qué, le recuerda el sabor de los flanes que su madre le preparaba de niña.

El tren se mueve de nuevo y el joven se separa de la mujer. Ocupa su asiento. No dicen nada. Sólo se miran.

Llegan a otra estación. Él se baja y se pierde por una salida.

Ella permanece en el vagón. Su cabeza está ahora vacía de problemas. Sólo sensaciones.

 

14/08/2007 14:23 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes suburbanos IV: «Esperanza»

20070720094503-esperanza.gifSobresaltado, despego los ojos del libro que leo. ¿Me habré pasado de parada? Cuando la ceguera del túnel cede ante la luz artificial, compruebo aliviado que no, que estamos en Esperanza y que aún me faltan dos más.
Aprovechando la distracción, inspecciono a mis compañeros de viaje, presencias tan mudas como familiares. Ahí está la señora madura que devora revistas del corazón, una diferente cada día. También veo a ese hombre ataviado de traje impecable y armado de maletín que, cuando cree que nadie le mira, se hurga las fosas de la nariz. Y, cómo no, cerca de mí se sienta un adolescente aislado del mundo por el estruendo de sus auriculares, un aprendiz de sordo situado junto a una joven que rellena sudokus compulsivamente, una cifra tras otra, tan deprisa que sospecho que se las inventa. Son la tropa que la coincidencia cotidiana ha convertido en mi otra familia.
Cuando el metro reanuda la marcha retomo la lectura, y no la abandono hasta que mis oídos me advierten de que hemos recorrido las dos estaciones que me quedaban. Pero al incorporarme para salir del vagón, descubro que nos encontramos de nuevo en Esperanza. No puede ser, el tren se ha movido, de eso estoy seguro, pero el cartel del andén lo dice muy claro: Esperanza.
Miro a los demás pasajeros, buscando en ellos signos de extrañeza. Nada. Todos permanecen tranquilos en sus asientos. La señora pasa con ansiedad una nueva página de su revista, el trajeado rebusca en su nariz algún objeto perdido, el chaval sigue suicidándose con sus decibelios y la chica rellena casillas con fruición.
Consolado por ese inmovilismo de personas, actitudes y cosas, vuelvo a sentarme. Y cuando el tren reinicia el viaje, siento una cierta expectación —moderada, sin excesos— por descubrir si en la próxima parada todo cambiará o si seguiremos enredados con mansedumbre en esta inútil esperanza.
20/07/2007 09:48 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Teoría de la relatividad

20070713092507-einstein.pngEsta mañana, mientras todos los habitantes de la ciudad, acelerados, histéricos, se dirigían hacia mil lugares diferentes, deprisa, corriendo, que no llego, he visto a una madre que empujaba el carrito de su bebé. Y en cierto momento, se ha detenido para mirar a su niño y dejar que él la mirara, sonrientes ambos. Inmenso agujero de quietud en el continuo del espacio y el tiempo.
13/07/2007 09:10 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes Suburbanos III: «Acordes»

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Desciendo hacia las tripas de la ciudad con el ánimo lastrado de amargura. El día no me ha tratado bien y no aspiro a otra cosa que regresar a casa y lamerme las heridas. Camino sin fe por los interminables corredores de una estación del metro cuando, de repente, me cruzo con Gardel abrazado a una tanguista que le sigue el paso con un trenzado de piernas imposible. El farolillo de la calle en que nací... llora un bandoneón desterrado. Un giro, dos giros... y los bailarines se detienen para escuchar con respeto las notas que un joven Mozart de peluca empolvada obtiene de un trío de cuerda, violines emigrados del frío y apostados en el siguiente recodo del pasillo. Pero enseguida amanece la Pequeña serenata nocturna, desplegando un arco iris de espacios abiertos que resplandece sobre las pieles de medianoche de un grupo de africanos. Zum, zum, zum... reverberan los tambores azotados con manos tan hábiles como encallecidas por siglos de redobles. Mientras, unos metros más allá, la atmósfera se torna suave entre las cuerdas de dos guitarras mestizas; y el pasadizo subterráneo se transforma en una populosa calle de La Habana Vieja, en un soleado trocito del Malecón. Si tú me dices ven... lo dejo todo. Sí, todo mi enojoso equipaje: el rencor hacia la vida, mi agobio cotidiano de asalariado, el miedo al futuro. A cambio de unas pocas monedas, me siento a la vez ciudadano del Sur explotado, del Este empobrecido, del Oeste torturado. No soy de ningún sitio y pertenezco a todos. Me despojo de mi patria y de mis fronteras y sólo poseo música.

10/07/2007 14:49 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Metamorfosis»

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El escritor levanta la mirada del libro que acaba de firmar          —para mi amiga tal o cual, la mejor de todas mis lectoras…— y, detrás de la expresión de lealtad eufórica de la mujer, que recibe el ejemplar como si abrazara por primera vez a un hijo, ve que la fila de sus sectarios parece salirse de la feria. Sonríe. Es ya la hora de cerrar todo el recinto, y el responsable de la caseta editorial anuncia en voz alta que, lamentándolo mucho, el escritor tiene que irse, les agradecemos en el alma su paciencia y su interés, etcétera, etcétera. Es una frustración sincera la que demuestran todas esas caras, habrán de conformarse con haber contemplado en persona a la estrella, con haber admirado en tres dimensiones al ídolo que hasta ahora sólo se les había mostrado en dos: sonriente en las solapas de sus libros, con aire de poseedor del conocimiento más arcano en los programas de televisión, y con mirada de seductor cultivado en las fotos de las revistas de literatura de moda.

El escritor abandona su puesto con teatralidad calculada, atravesando la multitud de adoradores para regalarles su sonrisa y algún que otro autógrafo rápido, apenas un rayajo aquí y allá, al tiempo que desprecia con la mirada a colegas de otras casetas que apenas han firmado un ejemplar en toda la tarde. Al fin, sus acólitos le ven perderse entre los árboles del parque donde se aloja la feria como si fuera un héroe mítico partiendo hacia nuevas y mayores hazañas.

Esa noche, el escritor está solo en su chalé, sentado en un sillón de la biblioteca con un tomo que ha escogido al azar. Lo abre por sus primeras páginas y lee: «Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…»

Y mientras asimila palabra tras palabra, siente que su cuerpo mengua, que su materia física encoge sin remedio, hasta que al fin ya le cuesta incluso sujetar el libro, que se le escapa de las manos y va a parar al suelo. Y allí queda el escritor, igual que un muñequito que hubiera abandonado en el sofá algún niño de la casa.

18/06/2007 18:58 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«El coleccionista de fracasos»

Gregorio Buenaletra parecía un escritor, pero en realidad era un coleccionista: reunía cartas de rechazo.
Con sumo cuidado, mimando hasta el detalle más ínfimo, empaquetaba manuscritos suyos dirigidos a editoriales y agentes literarios, los acompañaba de una carta de presentación y los llevaba a Correos casi todos los días. Y a esperar.
Rara era la semana en que no recibía dos o tres sobres pequeños confeccionados con papel verjurado y que mostraban logotipos de colores. Cuando Gregorio encontraba alguno de estos envíos en su buzón, lo recogía con delicadeza para no arrugarle las esquinas y subía los escalones hasta su casa de dos en dos, sin esperar el ascensor siquiera. Sobre el escritorio, lo cortaba quirúrgicamente con un abrecartas y desplegaba la hoja que contenía como si desnudara a una amante adolescente.
«Estimado señor Buenaletra: Le agradecemos la confianza depositada en nosotros al enviarnos el original de su obra, pero lamentamos informarle de que no se adapta a nuestra línea editorial, por lo que nos resulta imposible...» Al leer estas pocas líneas, Gregorio estallaba de gozo: «¡Ya tengo otra —casi gritaba—, otra más para mi colección!»
Aquellas hojas mecanografiadas acababan indefectiblemente en un archivador con tapas de piel, en el que cada una se mostraba a sus ojos acompañada del respectivo sobre y protegida por una funda transparente, igual que si de un antiguo sello de lejanas tierras se tratara. Y en cuanto tenía oportunidad, presumía en su círculo de amigos —la mayoría, juntaletras como él— de poseer más de cien, y todas con remites distintos.
Un día, un nefasto día, recibió una nueva comunicación. Pero al abrirla siguiendo el protocolo habitual, el pobre Gregorio sintió que la tierra se abría voraz bajo sus pies.
Lo encontró la policía una semana más tarde tras forzar la puerta con ayuda de los bomberos, alarmados por una denuncia sobre la fetidez que nacía de su piso. El dueño de la vivienda pendía de una soga amarrada al gancho de una lámpara, y a sus pies yacían una silla volcada y una hoja de papel verjurado que, a simple vista, los agentes tomaron por la habitual declaración dirigida al juez, pero que resultó ser la carta de una editorial sinceramente interesada en publicar uno de sus manuscritos.

Apuntes Suburbanos II: «Empate»

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El metro se detiene y algunos pasajeros lo abandonan. Yo permanezco en mi asiento, leyendo. De repente, caigo en la cuenta de que ésta es mi parada. Me incorporo de un salto justo cuando las puertas comienzan a cerrarse. Demasiado tarde: no llego a salir, me estrello contra las hojas de vidrio y metal que me cortan el paso. Pánico. Sí, pánico, espanto, pavor. De algún modo, intuyo que si no me apeo aquí y ahora, nunca tendré otra oportunidad, ¡nunca! Patadas, puñetazos, rompo el cristal, sangre en mis manos, un hueco, trato de escapar por el vano de la ventanilla, primero la cabeza, luego los hombros, el pecho, el abdomen, ya tengo medio cuerpo fuera… De reojo veo que el semáforo del túnel se ha vuelto verde, el tren arranca, el tren está decidido a llevarme para siempre, a evitar por todos los medios que me baje aquí. Pero no lo va a conseguir, al menos no del todo: la mitad de mí vencerá. La mitad de mí se quedará en esta estación.

16/04/2007 11:36 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

Apuntes Suburbanos I: «Colgadas del vacío»

Observo en un vagón del metro a una muchacha inmigrante, por sus rasgos diría que sudamericana.

Lleva a su niña recién nacida en brazos.

La criatura, indefensa y cobijada en el regazo de su madre.

La madre, indefensa y cobijada ¿por quién?

13/04/2007 12:03 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.

«Anodinos crónicos»

No es relevante aclarar dónde se encuentra la ciudad. Está en un rincón cualquiera de un país idéntico a tantos otros, uno de esos lugares que —quién sabe por qué— se llaman civilizados. El caso es que en aquella urbe se propaga con rapidez una enfermedad en la que nadie ha reparado, y a la que en consecuencia ningún médico ha puesto nombre ni trata de hallarle cura. El mal, llamémoslo así, se manifiesta con unos síntomas muy claros: los infectados, que se cuentan por millares y siguen aumentando en número, son incapaces de vivir cada día de una forma que no sea idéntica a la de la jornada anterior y, por tanto, exacta a la de la siguiente. Como el encefalograma de un difunto, sus existencias resultan planas, continuas, pero el daño no se detiene ahí. Por razones que, repito, nadie se preocupa en investigar, los enfermos se ven sometidos a un lento aunque inexorable proceso de borrado. Hoy un ojo, mañana algún dedo, al otro quizá la boca. Los afectados más recientes parecen un retrato que el pintor hubiera dejado incompleto; pero los pacientes con más tiempo de infección se convierten en individuos apenas reconocibles. El mal es tan grave que —a no ser que efectúen un día por azar algún acto novedoso— los enfermos acaban perdiéndose por completo a la vista de los demás, quedando sumidos en un limbo espeso sin posibilidad de retorno y sin que nadie los eche nunca de menos.
12/04/2007 10:16 Autor: laciudadinvisible. Enlace permanente. Tema: Minicuentos y otras prosas No hay comentarios. Comentar.