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LA CIUDAD INVISIBLE ~ La más habitable de todas las ciudades

«Demasiado tarde»

«Demasiado tarde»

Se levantó con el pie izquierdo, pero no le dio ninguna importancia.

En el cuarto de baño, rompió sin querer el espejo, pero solo se disgustó por el dinero que le costaría reponerlo.

Cuando salió de casa, se le cruzó un gato negro y ni siquiera se fijó en él porque en su barrio abundaban los felinos sin dueño. Simplemente, abrió el paraguas para protegerse de la llovizna fina que caía y se dirigió al coche.

Nada más aparcar cerca de su oficina, pasó por debajo de la escalera de un técnico que revisaba el cable telefónico: no le prestó más atención que la necesaria para evitar algún tropiezo.

En su despacho, abrió el paraguas y lo dejó en el suelo, en un rincón discreto, para que se secara.

Al mediodía, mientras comía en el bar de siempre, volcó el salero y su contenido se derramó sobre el mantel. Se limitó a recogerlo y usarlo para aderezar la sopa.

Y fue esa tarde, mientras se precipitaba al vacío desde un puente camino de casa por culpa de un derrape de su coche, cuando cayó en la cuenta. Sí, mientras caía cayó en la cuenta de que ese día era martes y 13.

Pasado y presente

Pasado y presente

Hoy me he fijado en el metro en un joven que leía un texto muy largo en la pantalla de su PDA.

Movido por esa curiosidad que nos lleva a espiar por encima del hombro las lecturas ajenas, he aguzado la vista y he descubierto que se trataba de la Eneida de Virgilio.

Curiosa conjunción de clasicismo y modernidad.

A la deriva

A la deriva

Estos últimos días hemos leído con horror en la prensa la aparición de un cayuco en aguas de Cabo Verde con siete cadáveres en avanzado estado de descomposición y un único superviviente. Pero el espanto se multiplicó cuando ese inmigrante hallado vivo contó que habían partido de la costa más de medio centenar de pasajeros: los que faltaban habían sido arrojados al mar tras morir de sed e inanición.

Al hilo de esta noticia, he meditado sobre el tópico de que la realidad supera la ficción, y he tratado de recordar algún argumento literario tan terrible como este. Sólo he encontrado cierta similitud con el relato de Julian Barnes, incluido en su heterogéneo libro Una historia del mundo en diez capítulos y medio, en el que narra las peripecias atroces de los náufragos del barco francés Méduse en 1816, que fueron retratadas con tanto dramatismo en el cuadro de Théodore Géricault La balsa de la medusa (ver fotografía; o mejor aún, ver el original en el Louvre). Pero este relato de Barnes no es ficción, por lo que parece reafirmar aún más el tópico del predominio terrorífico de la realidad.

Invito a los que leáis este comentario a que aportéis cualquier dato. ¿Conocéis algún argumento literario que alcance una crueldad semejante?

El patrimonio secreto de la humanidad

El patrimonio secreto de la humanidad

Esta semana he recibido un envío postal curioso: una editorial de las principales de este país (no diré cuál) me ha devuelto (rechazado, por supuesto) un manuscrito que les mandé... ¡hace dos años! Supongo que más vale tarde que nunca.

Al hilo de esto, he meditado sobre los millones de páginas escritas por autores anónimos en todo el mundo que jamás verán la luz. Ese es, sin duda, el patrimonio cultural más rico de la humanidad. Quizá algún día sea posible recopilarlo.

Mientras tanto, sigamos vertiendo un poco de ese filón inacabable en Internet. Algo es algo.

«En casa»

«En casa»

El ciudadano deambula entre los escombros. Es posible que esta sea su calle, la misma en que nació y donde después compró su primera vivienda junto a su novia —su esposa… esta mañana se despidió de ella como cada día, qué tengas un buen día, cariño, pero desde la gran explosión no ha sabido de ella, ¿dónde estará?, ¿vivirá aún? —, aunque le resulta imposible asegurarlo porque ahora la calle es un reguero de escombros y sus ojos apenas ven, quemados por el calor que lo inflamó todo en un instante.

Buscando quizá un refugio, el ciudadano se encarama a un montón de piedras que se encuentra más o menos en el lugar donde estaba su casa. Allí se sienta, buscando un acomodo mínimamente confortable sobre los cascotes. Sin embargo, algo bajo su cuerpo ofrece un tacto distinto, más blando. A tientas encuentra el objeto. Es rectangular y flexible, y al palparlo parece abrirse… ¡Es un libro!  Sí, tiene que serlo, ¡un libro…! El ciudadano recta por los escombros hacia un lugar más apartado aún, alejado de cualquier posible encuentro con otros supervivientes. Allí abre el libro por una página al azar y se lo acerca a los ojos como si quisiera tocarlo con ellos. Las hojas están quemadas por los bordes, pero las líneas parecen legibles. Al principio apenas distingue las letras. Después de un rato, con mucho esfuerzo, su vista se aclara un poco y puede comenzar a silabear: «L-a li.. li-ber-tad, San-cho, es u-no de los m-más pre-ci-o-sos do-nes…»

No necesita leer más. No sabe si vivirá siquiera hasta la noche, ni qué ha sido de sus seres queridos, ni si la raza a la que pertenece conserva algún atisbo de esperanza. Pero, al menos, siente que ha regresado a casa.

Bombo y fanfarria

Un año más, el Premio Planeta hace de las suyas.

Bien está (dentro de lo que se puede aceptar, dado el premio del que hablamos) que se lo den a Juan José Millás. Al fin y al cabo, Millás es un escritor de calidad decente y en ocasiones brillante y original.

Pero... ¿Boris Izaguirre? Dios mío...

Teatro Mínimo. Publicación

Teatro Mínimo. Publicación

Ha salido publicado el libro VI Certamen de Teatro Mínimo Rafael Guerrero, editado por el Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera (Cádiz) en colaboración con la Asociación TAETRO.

En dicho libro se incluyen las obras ganadoras de este premio, que fueron representadas en su momento en el Teatro Moderno de Chiclana: Clandestinos, de Antonio Cremades; El ramo de flores, de Carmen Pombero; El pacto con el diablo, de Tomás Afán, y las dos obras de mi autoría: Atraco a papel armado y Más enrollado que una Harley

El libro presenta una cuidada edición, de la que cabe destacar la excelente ilustración de cubierta.

No me queda más que felicitar desde este blog a TAETRO por su continuada labor de promoción del teatro y, en especial, de sus autores.

 Escenas de Atraco a papel armado y Más enrollado que una Harley

 

Para más información, consultar el enlace de la Asociación TAETRO en la columna de la derecha.

«Ego me absolvo»

«Ego me absolvo»

Un golpe seco, el grito de una testigo, el chirrido de unos frenos demandados a fondo y con urgencia: así comienza todo, en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo que se tarda en acabar con una vida aunque no se pretenda. El conductor se baja del autobús con la angustia dibujada en las facciones. De alguna manera, su vida también ha terminado en ese momento, al menos su vida tal como él la conocía hasta entonces, porque es seguro que nunca volverá a ser igual, que habrá un antes y un después de ese impacto desafortunado. ¿Cómo es posible?, ¿de dónde ha salido este hombre?, pero si el semáforo estaba en verde, esto no puede ser cierto, no me puede pasar a mí, que llevo veinte años al volante sin el más mínimo roce, se desespera el chófer ante la mirada de un policía municipal que regulaba un cruce próximo; sin embargo, a quien parece hablarle en realidad es a la propia víctima, como si pretendiera convencerle de que no es ese ni momento ni lugar para cambiar de peatón a difunto, y mucho menos bajo las ruedas del vehículo de un profesional experimentado. El semáforo estaba en rojo, le juro que estaba en rojo, repite. Pero si antes dijo que estaba en verde, objeta el guardia creyendo que se dirige a él, y el conductor no le contesta mientras sigue deambulando con pasos nerviosos cerca del hombre caído en el suelo. Viendo que no le sacará una palabra coherente, el municipal se vuelve hacia su moto para pedir una ambulancia por radio, aunque sabe que es un puro trámite porque al desdichado que yace bajo el autobús de poco le sirven ya los médicos, un forense resultaría más apropiado. ¿Por qué tenía que cruzar justo cuando yo arrancaba, eh?, ¿por qué no pudo esperar un segundo?, ¿tanta prisa tenía?, increpa el chófer al accidentado mientras los pasajeros empiezan a bajarse del transporte público, intuyendo quizá que ya no les llevará a ninguna parte.
—Hombre, qué quiere que le diga. Prisa en especial, no. La misma que todo hijo de vecino a estas horas.
—¡Vaya! Menos mal que responde usted algo, que así tan callado me estaba asustando. Si ya sabía yo que no le había dado tan fuerte...
—Tampoco es que me haya atropellado con una bicicleta precisamente.
—Venga, deme una mano que le ayudo a salir de ahí abajo.
—No se haga ilusiones. El golpe que me he llevado ha sido de espanto, y yo diría que me he abierto la cabeza contra el suelo como si fuera una sandía reventona.
—¿Qué me quiere decir con eso?
—Pues hombre, que tengo por delante muchos añitos de seguir tumbado.
—No, no puede ser... esto no me está pasando a mí... Que hubiera metido la pata un novato, o algún compañero de esos que tengo que se toman su buen copazo antes de empezar el servicio, pues vale, lo vería lógico, pero que me pase a mí, que soy un empleado modelo, que llevo veinte años sin un mal problema...
—Eso de los veinte años ya lo ha dicho antes.
—¿Y qué si lo he dicho? Es verdad que los llevo. ¿Quiere que le enseñe mi carné de conducir?
—¿De qué me sirve su carné en esta situación? Lo que me hubiera venido de perlas es que usted no se hubiera despistado.
—¡Yo no me despisté!
—¿Ah, no? Mira con lo que me sale ahora. Entonces, ¿por qué arrancó cuando yo cruzaba?
—El semáforo estaba en verde.
—En verde ahora, en rojo antes. Rojo, verde, rojo, verde... El policía va a tener razón: no sabe usted ni lo que dice.
—¡Sí que lo sé! El semáforo estaba en rojo, que estuve esperando a que cambiara mientras una señora me preguntaba cuánto quedaba para plaza de Castilla. Ya verá, se lo va a contar ella misma.
El conductor levanta la mirada y descubre que su vehículo se ha quedado desierto. Ni rastro de la mujer. Tampoco es capaz de localizarla entre el gentío curioso que se arremolina a su alrededor. Unos metros más allá, el municipal de antes cuenta ya con refuerzos y parece comentar con sus colegas lo ocurrido mientras menea la cabeza. No me gustaría andar en el pellejo de ese autobusero, ni el color en que estaba el semáforo recuerda, menudo puro le van a meter. Peor le habrá ido al que está bajo las ruedas, puntualiza otro agente. No te creas, que a ese infeliz se le han acabado todos los problemas de golpe, pero al conductor... al conductor se le va a caer el pelo.
—No está, ¿verdad? La señora, digo... Ya me lo imaginaba. Seguro que ha puesto tierra de por medio, que nadie quiere líos.
—Bueno, si no la encuentro a ella, me parece recordar que en las primeras filas iba sentado un joven que...
—Tampoco se moleste en buscarlo. Ya se habrá largado hace rato, temiendo que lo citaran como testigo. Si es lo que yo le diga: este asunto sólo nos interesa a usted y a mí. Cada uno tenemos nuestras historias, y maldita la gracia que nos hace vernos pringados en las ajenas.
—Dios mío, ¿qué voy a hacer ahora? Menudo disgusto se va a llevar mi mujer...
—Es curioso: acabo de darme cuenta de que hasta este momento no había pensado yo en la mía.
—¿También está usted casado? Claro, es lo normal. Y tendrá hijos, supongo.
—Dos, la parejita, mayorcitos ya. Le enseñaría unas fotos que llevo en la cartera, pero la ocasión no es la más apropiada y además las manos no me responden.
—Mujer y dos hijos, ¡qué tragedia! ¿Qué va a ser de ellos? ¿En qué situación se quedan?
—Pues bastante buena, la verdad. Ironías de la vida, hace un mes que cancelamos la hipoteca. Así que mi esposa, entre la pensión que yo le deje y su nómina de funcionaria, tendrá la vida resuelta. Y como lo más cariñoso que me decía a diario era ¡quita de en medio, estorbo!, ahora será más feliz que nunca porque al fin he hecho lo que ella quería. Y mis hijos... ¿tiene usted hijos?
—No. Mi señora y yo nunca... nunca pudimos...
—¡Qué envidia! Créame si le digo que no se pierden ustedes nada. Los míos no me hacen caso jamás, pero ni puñetero caso, de verdad. No me tienen por un padre, sino por un monedero. Que si he visto unos pantalones que molan un mazo, papá, que si nos hacen falta un ordenador y una impresora y un escáner, papá, que si ando flojo de gasofa para la moto, papá, que si los libros de la facultad, papá, así todo el santo día con el papá que no se les cae de la boca. Y luego, cuando estén con sus amigotes seguro que ya no seré papá, entonces me convertiré en el viejo. Esos dos sí que me van a echar de menos, ya lo creo, porque a partir de ahora tendrán que pedírselo todo a su madre, la reina de las tacañas...
Una sirena anuncia la cercanía de la ambulancia. El corro de curiosos va en aumento y la policía municipal se ve en la necesidad de despejar la zona. Algunos de los peatones usan su móvil para tomar fotos.
—Bueno, parece que me van a sacar de aquí enseguida.
—A lo mejor pueden hacer algo por usted, que estas ambulancias modernas, uvis móviles las llaman, llevan todos los adelantos posibles, que le inyectan a un herido no sé qué mientras le dan unas descargas de esas que se ven en las películas y...
—Ya le dije antes que no se hiciera ilusiones. Lo mío no se soluciona ni con pinchazos, ni con calambrazos de pilas alcalinas. Pero no se haga usted mala sangre, se lo ruego.
—Cómo no voy a sufrir si he desgraciado a un buen hombre. Porque tiene usted toda la pinta de ser buena gente, se le nota enseguida que abre la boca.
—Le agradezco el piropo, pero más que un buen hombre, la verdad es que he sido un idiota: toda la vida pendiente de los demás y sin ocuparme para nada de mí mismo. Y al final, mire qué pago he tenido.
—Lo... lo siento. No sabe cuánto lamento haberlo atropellado.
—Acepto sus disculpas. A cambio, voy a dejarle con un pensamiento que le tranquilizará: en el fondo, me ha hecho usted un favor quitándome un montón de pesos de encima.
—¿Lo dice en serio?
—Completamente. Le confieso que estos últimos días había considerado la idea de... echarle una mano al destino. Ya me entiende: hacer yo lo posible por marcharme antes de tiempo, que la vida me tenía bastante harto. La rutina, la familia, el trabajo... Y mira por dónde, aparece usted con su autobús y, sin quererlo, asunto solucionado.
—¿No lo dirá sólo para que no me sienta culpable?
—Qué va, qué va... palabra que es cierto. Y si tengo oportunidad, le echaré una llamadita desde donde pueda para contarle cómo es esto.
Una mano, que pretende ser amable sin perder su firmeza, se posa en el hombro del conductor, quien permanece agachado junto al vehículo. Tendrá que venir a comisaría con nosotros para prestar declaración, le informa el municipal. El aludido esboza una despedida hacia el atropellado y obedece al policía, que se extraña al descubrir en el rostro de su detenido un atisbo de sonrisa aliviada. ¿A que no sabe lo que me ha dicho este hombre, agente?, pues que en el fondo le he hecho un favor y que menudo peso le he quitado de encima. El funcionario uniformado, que creía haberlo visto y escuchado todo en sus años de servicio, echa una ojeada al cuerpo tendido sobre el asfalto y no sabe qué contestar. Y mientras introduce al reo en el coche patrulla, se lleva el dedo índice a la sien en un gesto dirigido a sus compañeros. Pobre hombre, se lamenta en cuanto cierra la puerta del automóvil, ha perdido del todo la cabeza.


Este relato fue publicado por primera vez en el nº 3 de la revista literaria Cuaderno Sie7e (Coslada, Madrid, España, año 2006).

Apuntes Suburbanos VI: «Mutación (o la fábrica de monstruos)»

Apuntes Suburbanos VI: «Mutación (o la fábrica de monstruos)»

Un muchacho de aspecto poco aseado mendiga en un vagón del metro: «Una ayuda para comer, por favor». Al escucharle, un anciano le comenta a su esposa: «Ya, para comer... seguro que es para pincharse».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado vuelve a mendigar en un vagón del metro: «Una ayuda para comer, por favor». Dos señoras semienterradas por bolsas de unos grandes almacenes cuchichean: «Pues si no tiene dinero, que se ponga a fregar portales».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales mendiga una vez más: «Una ayuda para comer, por favor». Una pareja de adolescentes separan sus bocas el tiempo justo para decirse con sorna: «Seguro que ese tío ha estado en el talego».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel insiste: «Una ayuda para comer, por favor». Un caballero de traje y corbata se aparta de él cuando pasa a su lado, mientras piensa: «Que no me toque, que éste me pega el SIDA o algo peor».

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel, donde contrajo el SIDA, suplica de nuevo: «Una ayuda para comer, por favor». Una madre que acaba de recoger a su retoño del colegio se interpone entre el niño y el indigente en actitud heroica. «Dios mío, ¿y si ahora saca una navaja y nos mata a todos?»

Un muchacho drogadicto de aspecto poco aseado que no friega portales porque ha estado en la cárcel, donde contrajo el SIDA, acusado de asesinar a los pasajeros de un vagón del metro, pide ya sin fe: «Una ayuda para comer, por favor». Dos chicas se apretujan contra la gente para alejarse de semejante individuo, «no vaya a ser el violador ese que anda suelto por el barrio».

El tren se detiene en la siguiente estación. Al abrirse las puertas se apea, para alivio de todos, la encarnación perfecta de Mister Hyde. ¿Quedará en ese engendro algún atisbo de aquel muchacho de aspecto poco aseado que pedía una ayuda para comer?

«Acción-reacción», de Salvador Enríquez

«Acción-reacción», de Salvador Enríquez

Para los días 4 al 7 de octubre, la Compañía La Cabina Teatro prepara el estreno, en Karpas (Santa Isabel, 19 - Madrid), del espectáculo ACCIÓN-REACCIÓN, formado por tres obras breves de Salvador Enríquez: Cuando den las tres, La cuchara y La próxima, Prosperidad. Este estreno se enmarca en el Proyecto AVE de Karpas, para el Estreno de Autores Vivos Españoles.
La interpretación corre a cargo de Chema Alonso y Reyes Amaro. La dirección, vestuario atrezzo y efectos especiales los asume la propia Compañía.
Los horarios de la funciones son: jueves y viernes, 4 y 5 octubre a las 20,30; sábado, 6, a las 19,00 y a las 21,30 y domingo, 7 a las 19,00 horas.
Contacto con La Cabina Teatro: ladypumuky@yahoo.es Más información en: www.reyesamaro.es y en http://noticiasteatrales.es/.

Recomendación

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (ver enlace en el margen) ha publicado un artículo que os recomiendo vivamente. Se titula: Dos proyectos narrativos para el siglo XXI: Juan Manuel de Prada y José Ángel Mañas, firmado por Germán Gullón, de la Universidad de Ámsterdam.

No os recomiendo esta lectura por los comentarios que incluye acerca de los mencionados escritores (que también pueden interesaros), sino porque el artículo incluye un preámbulo que disecciona con precisión de forense la realidad literaria actual en España.

No dejéis de leerlo.

Crónica de una muerte anunciada

Crónica de una muerte anunciada

Este último fin de semana, mi mujer y yo sacamos entradas para un cine de verano en una localidad de la costa, concretamente Santiago de la Ribera, en Murcia, España.

Hacía años que no vivíamos esta experiencia, que nos retrotrajo a nuestra infancia. La pantalla de cemento, recortada contra un fondo de estrellas —las de verdad, no las de Hollywood—; el suelo de tierra alfombrado de cáscaras de pipas; el sonido de las latas de refrescos al abrirse, mezclado con el del papel de aluminio de los bocadillos; los niños correteando por los pasillos entre los asientos; las terriblemente incómodas sillas de hierro, capaces de destrozar cualquier anatomía durante las cuatro horas de proyección, a pesar incluso de las almohadillas con regusto taurino, y por último la fuga precipitada del recinto por culpa de un chaparrón inoportuno. No nos importó demasiado la interrupción meteorológica porque el precio era popular y el programa doble, y estaba terminando ya la segunda película.

Sin embargo, al salir nos percatamos de un cartel que a la entrada nos había pasado inadvertido. Colgando de la tapia del cine podía leerse: «Próxima construcción de pisos de dos dormitorios». Mi esposa y yo nos quedamos un rato mirando ese anuncio bajo la lluvia y en silencio, sintiéndonos de repente un poco menos niños.

Mortalidad

Mortalidad

Esta mañana, mientras me dirigía a mi trabajo en el metro de Madrid (a veces creo que paso todo el día en el metro: véanse mis Apuntes suburbanos en este mismo blog) me he fijado en otra viajera que iba leyendo «La voz dormida», de Dulce Chacón. Al verlo, he pensado que ninguna de las mujeres que aparecen en la cubierta de ese libro vive ya: ni la miliciana que sujeta al bebé en brazos mientras lo muestra ufana a la cámara, ni la autora que firma la novela. Y he sentido un escalofrío. En un túnel a los pies de mi ciudad, rodeado de extraños, durante un instante he tenido conciencia intensa de nuestra mortalidad, y la verdad es que me ha dolido. 

Mañana me dedicaré a viajar dormitando o escuchando música con mi mp3.

Posdata: En casa tengo un ejemplar de «La voz dormida» firmado por Dulce Chacón seis meses antes de que el gran sueño la alcanzara a ella.

«Tradición»

«Tradición»

Su tatarabuelo fue uno de los precursores de la cirugía moderna: se atrevió a ser el primero en el país en operar utilizando la novedosa anestesia de óxido nitroso.

Su bisabuelo, siguiendo los pasos paternos, también fue un cirujano famoso: inventó instrumentos quirúrgicos que aún hoy se utilizan.

Su abuelo no quiso ser menos: sus descubrimientos en operaciones de riñón le valieron el Premio Nobel de medicina.

Su padre fue jefe de cirugía y después director del hospital más importante de la nación. A su muerte, el centro médico fue rebautizado con sus apellidos.

Su hijo fue el primero en trasplantar un corazón con éxito en el país. Si se consulta su nombre en cualquier buscador de Internet, aparecen más de doscientas mil entradas.

Su nieto ostenta hasta la fecha dos récords Guinness: es el licenciado en medicina más joven de la historia patria y el único cirujano cardiovascular conocido al que nunca se le murió un paciente en la mesa de operaciones.

Su bisnieto, médico en ejercicio en la actualidad, descubrió el procedimiento para evitar rechazos en los trasplantes: es el segundo Nobel de la familia.

Y su tataranieto acaba de terminar la especialidad de cirugía con el número uno de su promoción. Ha asegurado sus manos en un millón de euros cada una.

Él, eslabón central de la cadena de cirujanos ilustres, pasó toda su vida laboral despiezando reses en una carnicería.

En escena «¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?», de Sastre

En escena «¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?», de Sastre

El Teatro Español de Madrid pondrá en escena dentro de un mes «¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?», en la que el dramaturgo recrea los últimos días de Allan Poe, vagando alcoholizado por las tabernas de Baltimore y acosado por el delirium tremens.

Las funciones tendrán lugar del 13 al 23 de septiembre con el siguiente reparto: Chete Lera, Zutoia Alarcia y Camilo Rodríguez, con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente.

Una buena oportunidad de disfrutar de una de las últimas obras escritas por Sastre (1990).

Para más información:

http://www.esmadrid.com/teatroespanol/jsp/ficha_evento.jsp?id=112

 

Apuntes suburbanos V: «Sensaciones»

Apuntes suburbanos V: «Sensaciones»

La mujer viaja sola en una pareja de asientos del vagón de metro.

A sus pies, una bolsa con algo de compra.

En su cabeza, multitud de problemas cotidianos que aguardan atención o, peor aún, una solución urgente.

El resto del coche está ocupado por un puñado de personas dispersas, acomodadas aquí y allá, somnolientas.

El tren se detiene en la siguiente estación y entra un muchacho. Se sienta frente a la mujer.

Vuelven a arrancar. Pero, pasados unos segundos, se paran antes de tiempo. No han llegado a ninguna estación. El túnel los rodea. Algún semáforo en rojo quizá.

De improviso, el muchacho se acerca a la mujer, toma su cara entre las manos y la besa en la boca. Es un beso lento, suave, sin atisbo de violencia. A ella, no sabe por qué, le recuerda el sabor de los flanes que su madre le preparaba de niña.

El tren se mueve de nuevo y el joven se separa de la mujer. Ocupa su asiento. No dicen nada. Sólo se miran.

Llegan a otra estación. Él se baja y se pierde por una salida.

Ella permanece en el vagón. Su cabeza está ahora vacía de problemas. Sólo sensaciones.

 

Editoriales piratas

Editoriales piratas

Simplificando el problema, existen dos tipos de editoriales piratas que actúan a sus anchas últimamente en España: las que cobran y las que no pagan. Me explico:

El primer tipo, las que cobran, son aquellas que engatusan al autor o autora asegurándole que su obra es magnífica y que tiene muchas posibilidades de triunfar en el mercado literario. Acto seguido les ofrecen publicarla, a cambio eso sí de que el escritor corra con los gastos, que pueden ascender fácilmente a tres o cuatro mil euros por apenas quinientos ejemplares. Tened presente que muchas de estas editoriales no son otra cosa que simples imprentas o estudios de diseño que, en vez de trabajar para las editoriales digamos de verdad, se generan ellas mismas el trabajo embaucando a incautos. Lo único que interesa a estas imprentas disfrazadas de editoriales es imprimir, y punto (os lo digo por propia experiencia: yo fui operario de artes gráficas durante doce años, y cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme recientemente a mis antiguos jefes, que no sabían hacer la o con un canuto, metidos a editores; ¡virgen santa!). Una vez que el libro está impreso y el autor ha pagado la factura, lo mismo les da a estos «editoimpresores» si no venden ni un ejemplar, porque ellos ya han obtenido su beneficio, y ni disponen de distribución ni nada que se le parezca, por lo que los ejemplares languidecen en algún almacén hasta que convencen al pobre autor para que él mismo los recompre y no acaben convertidos en papel reciclado, pagando así dos veces por el mismo producto (antes y después). Además, todos los libreros conocen estas editoriales de sobra y la mayoría se niegan a vender sus libros. Os ruego que huyáis de los cantos de sirena de estos corsarios sin escrúpulos, que se enriquecen a costa de la ilusión de los escritores por ver su obra publicada.

El segundo tipo, las que no pagan, son más difíciles de detectar. Éstas no piden dinero al autor para publicar su obra. La editan, la distribuyen, la venden... y si te he visto, no me acuerdo. El escritor o escritora jamás verá ni un céntimo de los derechos que le corresponden por la venta de cada ejemplar. El editor se defenderá alegando que los libros no se han vendido apenas, que no han tenido éxito, que él mismo ha perdido dinero... Pero el autor, como le ha ocurrido a una amiga mía, se preguntará en estos casos cómo es posible que haya visto su libro en varias tiendas puesto a la venta, que haya incluso coincidido con gente que estaba leyéndolo en medios de transporte o en salas de espera, y que a pesar de eso no se haya vendido nada. La asesoría jurídica de la Asociación Colegial de Escritores (ver enlace con la ACE en el margen) tiene una pila de reclamaciones que llega hasta el techo por incumplimientos contractuales de este tipo.

Y así es como actúan estos piratas carroñeros que se autodenominan editoriales.

Yo entiendo tanto como cualquiera el sufrimiento que representa que ninguna editorial seria te haga ni caso (podéis leer a este respecto mi relato El coleccionista de fracasos, publicado en este blog en la sección Minicuentos y otras prosas), pero os aconsejo que el deseo, o más bien la pulsión, que todos sentimos por publicar nuestra literatura no os convierta en presas fáciles de estos desalmados, que ni aman la literatura ni saben siquiera lo que es. Y si finalmente os decidís a publicar pagando vosotros la edición, sed conscientes al menos de que esos libros no servirán para otra cosa que no sea regalárselos a vuestros seres queridos.

Destrucción

Destrucción

Hace exactamente sesenta y dos años, miles de ciudadanos de una ciudad japonesa —que hasta entonces nadie conocía: es lo que tienen las guerras, que dan mucha publicidad— deambulaban por las calles, o lo que ellos recordaban como tales, con la piel mezclada en jirones con los jirones de la ropa. Trataban de encontrar a sus seres queridos, que —aún no lo sabían— se habían convertido en manchas de grasa sobre el asfalto.

Se podría discutir durante semanas acerca de si la población japonesa era o no inocente de las aberraciones cometidas por su imperio. Al fin y al cabo, los soldados que asesinaron, torturaron y violaron a placer en toda Asia fueron reclutados entre los civiles. Pero nadie puede discutir ni siquiera durante un segundo que el 6 de agosto de 1945 fue una de las jornadas más tristes de la historia, tanto por lo que sucedió ese día como por la sombra alargada y terrible que proyectó en nuestro futuro. El futuro de todos. Bien claro lo dejó un exultante Harry Truman:

Con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción.

Accidente informático

Accidente informático

Los/as habituales de este blog habréis apreciado cierto parón últimamente. Tiene explicación: debido a las temperaturas infernales de estos días en Madrid, el teclado de mi ordenador se ha fundido como una tableta de chocolate del malo (véase la foto de arriba) y el cristal líquido de mi monitor se ha evaporado. Redacto esta nota con una vieja máquina de escribir Olivetti conectada a Internet mediante el cable de la plancha.

En cuanto resuelva mis problemas informáticos (me han hablado de unos ordenadores confeccionados en granito que aguantan lo que les echen), retomaré la actividad comunicativa en la blogosfera. Palabra.

  Habituales de este blog comprobando mi desgracia.

 

Apuntes suburbanos IV: «Esperanza»

Apuntes suburbanos IV: «Esperanza»

Sobresaltado, despego los ojos del libro que leo. ¿Me habré pasado de parada? Cuando la ceguera del túnel cede ante la luz artificial, compruebo aliviado que no, que estamos en Esperanza y que aún me faltan dos más.
Aprovechando la distracción, inspecciono a mis compañeros de viaje, presencias tan mudas como familiares. Ahí está la señora madura que devora revistas del corazón, una diferente cada día. También veo a ese hombre ataviado de traje impecable y armado de maletín que, cuando cree que nadie le mira, se hurga las fosas de la nariz. Y, cómo no, cerca de mí se sienta un adolescente aislado del mundo por el estruendo de sus auriculares, un aprendiz de sordo situado junto a una joven que rellena sudokus compulsivamente, una cifra tras otra, tan deprisa que sospecho que se las inventa. Son la tropa que la coincidencia cotidiana ha convertido en mi otra familia.
Cuando el metro reanuda la marcha retomo la lectura, y no la abandono hasta que mis oídos me advierten de que hemos recorrido las dos estaciones que me quedaban. Pero al incorporarme para salir del vagón, descubro que nos encontramos de nuevo en Esperanza. No puede ser, el tren se ha movido, de eso estoy seguro, pero el cartel del andén lo dice muy claro: Esperanza.
Miro a los demás pasajeros, buscando en ellos signos de extrañeza. Nada. Todos permanecen tranquilos en sus asientos. La señora pasa con ansiedad una nueva página de su revista, el trajeado rebusca en su nariz algún objeto perdido, el chaval sigue suicidándose con sus decibelios y la chica rellena casillas con fruición.
Consolado por ese inmovilismo de personas, actitudes y cosas, vuelvo a sentarme. Y cuando el tren reinicia el viaje, siento una cierta expectación —moderada, sin excesos— por descubrir si en la próxima parada todo cambiará o si seguiremos enredados con mansedumbre en esta inútil esperanza.