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LA CIUDAD INVISIBLE ~ La más habitable de todas las ciudades

Todos a la guerra I: «Ojos que no ven»

HOMBRE UNIFORMADO.—(Orgulloso.) Desde que comenzó la ofensiva, he participado en más de cien misiones aéreas, y en ninguna he tenido ni un solo problema. (Burlón.) ¿Qué problemas iba a tener?, si nuestros enemigos son unos muertos de hambre y yo vuelo siempre a diez mil metros de altura, por encima incluso de las nubes, la mayoría de las veces de noche, completamente fuera de su alcance. Ni sus radares se enteran de que llego. Así que no tengo más que programar las coordenadas en mi ordenador, fijar el blanco que me han asignado, armar el misil, dirigirlo con la cámara de visión nocturna y... (Simula con su mano la forma y el movimiento de una pistola que dispara.) Donde pongo el ojo, pongo mil quilos de bomba, y se acabó la central eléctrica, o la depuradora de agua, o la fábrica de armas químicas, o lo que quiera que sea que me cargue esa vez, porque los blancos los eligen los de inteligencia y yo nunca sé contra qué disparo.

(Pausa, pensativo.) Lo cierto es que el último edificio que bombardeé tenía un aspecto extraño, no era como los otros. Había en su techo, no sé... algo así como una cruz. No lo distinguí con claridad, era de noche y el monitor me lo enseñaba todo verde. Podría ser algún tipo de antena, o una cruz de una iglesia rara de ésas que tiene esta gente...

(Su gesto se ensombrece.) Una cruz... una cruz en el tejado... también podría ser un hospital... o una escuela... o un refugio lleno de civiles, de mujeres y niños y viejos escondidos allí pensando que estarían a salvo de nuestras bombas de mil quilos...

(Sacude la cabeza, ahuyentando sus pensamiento.s) No, yo no sé lo que era. Los de inteligencia fijan el blanco y yo me limito a volar hasta allí, apuntar el misil y lanzarlo, nada más, ese es mi trabajo. Ellos no me cuentan qué es lo que destruyo y yo tampoco lo pregunto. Nunca hago preguntas porque...

(Pausa.) Nunca hago preguntas porque prefiero no saberlo.

 

Este monólogo fue publicado en el volumen Teatro contra la guerra, editado por la Asociación de Autores de Teatro. Era otra guerra la que se denostaba entonces (una que aún sigue vigente por desgracia), pero lo rescato para este blog porque los verdugos que se amparan en la obediencia y la disciplina de mando son todos iguales, vistan el uniforme que vistan.

 

 

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