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LA CIUDAD INVISIBLE ~ La más habitable de todas las ciudades

«El coleccionista de fracasos»

Gregorio Buenaletra parecía un escritor, pero en realidad era un coleccionista: reunía cartas de rechazo.
Con sumo cuidado, mimando hasta el detalle más ínfimo, empaquetaba manuscritos suyos dirigidos a editoriales y agentes literarios, los acompañaba de una carta de presentación y los llevaba a Correos casi todos los días. Y a esperar.
Rara era la semana en que no recibía dos o tres sobres pequeños confeccionados con papel verjurado y que mostraban logotipos de colores. Cuando Gregorio encontraba alguno de estos envíos en su buzón, lo recogía con delicadeza para no arrugarle las esquinas y subía los escalones hasta su casa de dos en dos, sin esperar el ascensor siquiera. Sobre el escritorio, lo cortaba quirúrgicamente con un abrecartas y desplegaba la hoja que contenía como si desnudara a una amante adolescente.
«Estimado señor Buenaletra: Le agradecemos la confianza depositada en nosotros al enviarnos el original de su obra, pero lamentamos informarle de que no se adapta a nuestra línea editorial, por lo que nos resulta imposible...» Al leer estas pocas líneas, Gregorio estallaba de gozo: «¡Ya tengo otra —casi gritaba—, otra más para mi colección!»
Aquellas hojas mecanografiadas acababan indefectiblemente en un archivador con tapas de piel, en el que cada una se mostraba a sus ojos acompañada del respectivo sobre y protegida por una funda transparente, igual que si de un antiguo sello de lejanas tierras se tratara. Y en cuanto tenía oportunidad, presumía en su círculo de amigos —la mayoría, juntaletras como él— de poseer más de cien, y todas con remites distintos.
Un día, un nefasto día, recibió una nueva comunicación. Pero al abrirla siguiendo el protocolo habitual, el pobre Gregorio sintió que la tierra se abría voraz bajo sus pies.
Lo encontró la policía una semana más tarde tras forzar la puerta con ayuda de los bomberos, alarmados por una denuncia sobre la fetidez que nacía de su piso. El dueño de la vivienda pendía de una soga amarrada al gancho de una lámpara, y a sus pies yacían una silla volcada y una hoja de papel verjurado que, a simple vista, los agentes tomaron por la habitual declaración dirigida al juez, pero que resultó ser la carta de una editorial sinceramente interesada en publicar uno de sus manuscritos.
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1 comentario

Virginia -

Hola, me gust{o mucho la nota y me record{o esta que vinculo: cortey.blogspot.com (el coleccionista de rechazos)
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